El síndrome del eterno viajero

El síndrome del eterno viajero

Sí, padezco el síndrome del eterno viajero. Supongo que es algo que surge sin más, cuando te percatas de que no es simplemente una afición o un modo de pasar el tiempo, sino un estado permanente de la consciencia, un rasgo que te define y te impulsa, una forma de estar en el mundo. Supongo que es el algo que va calando poco a poco, apenas perceptible,  desde aquella excursión del colegio en la que la excitación por salir del aula se mezclaba con la fascinante sensación de descubrir algo nuevo y desconocido, hasta el cosquilleo que se siente por primera vez cuando el avión despega; la percepción del espacio-tiempo cambia para siempre.

Las experiencias se agolpan en la memoria, los destinos se acumulan, las fotografías desbordan el disco duro. ¿Qué sería de una vida sin viajar? Ni siquiera te lo planteas. La posibilidad de viajar no es negociable. No se trata de uno de esos deseos siempre aplazados a la espera de reunir las condiciones idóneas, como aprender inglés, hacer deporte o comprarte un deportivo.  

Ni siquiera es importante el destino. Lo fascinante es experimentar esa sensación única que te asalta cuando descubres el devenir de una ciudad nueva, los colores de un paisaje nunca antes visto, los olores de un mercado exótico, el sabor de un restaurante único, las miradas de personas desconocidas… salir de lo cotidiano, huir de lo habitual, para encontrar lo inédito.

Cuando viajamos mantenemos esa capacidad de sorprendernos. Aquí no hay listas en las que tachar lugares para sentir que se ha alcanzado un objetivo. Quizás porque no hay ninguno, salvo el de continuar viajando. Es en ese preciso instante en el que cobramos conciencia de que la vida es nuestra y hay margen para conducirla como nos apetezca.

Sí, como todas aquellas personas para las que un viaje no sólo es una escapada o unas vacaciones, sino una forma de ver y de estar en el mundo, padezco el síndrome del eterno viajero.